Cómo es crecer en el campo misionero
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Relatos escritos por hijos de misioneros, en los que cada uno comparte su experiencia de crecer y formar parte de una familia dedicada a la misión.
Por Julián Omonte, Tereza Poniatovska y Jael Omonte | Mundo
31 agosto, 2026
Muchas veces, los desafíos que enfrentan los misioneros van más allá de conocer una nueva cultura o asumir nuevas responsabilidades. También implican adaptarse a los cambios en familia y construir un hogar, sin importar la ciudad o el país en el que se encuentren.
Los siguientes relatos fueron escritos por hijos de familias misioneras, y cada uno de ellos describe su propia experiencia al crecer en el campo misionero.
La versión original de este artículo fue publicada en el sitio web de la Adventist Review. Julián Omonte, Tereza Poniatovska y Jael Omonte son estudiantes de la Maxwell Adventist Academy, en Nairobi, Kenia. Julián y Jael son hermanos gemelos adolescentes de Bolivia, mientras que Tereza es ucraniana.
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La historia de Julián
Hola. Me llamo Julián y soy hijo de misioneros. Nací en Eldoret, Kenia. Mis padres, el doctor Valentin Omonte y la doctora Susana Tito, son dentistas. En 2009, se mudaron de La Paz, Bolivia, a Kenia para servir como misioneros voluntarios en la Universidad de África Oriental, Baraton. Al principio, pensaban servir solamente durante un año, pero ese año se ha convertido en dieciséis años fuera de Bolivia. Nací en 2011 junto con mi hermana gemela, Jael. No recuerdo mucho de mis primeros años en Kenia; apenas tengo algunos recuerdos poco claros de cuando vivíamos en el campus de la universidad, en Baraton. En 2014 todo cambió. Mis padres fueron llamados a servir en Kigali, Ruanda, en la Clínica Dental Adventista de Kigali. Mi padre asumió como director y mi madre continuó trabajando como dentista. Allí comenzaron los verdaderos recuerdos de mi infancia. Durante mis años de primaria estudié en Green Hills Academy International School. En esa etapa comencé a interesarme por los Legos, el origami, la ciencia y el espacio interestelar. Hice buenos amigos, pero no siempre fue fácil. Muchos de ellos se mudaban porque sus familias también provenían de diferentes países y tenían que trasladarse constantemente. Sentía que no podía conservar a mis amigos por mucho tiempo. Eso cambió cuando conocí a Meng y a Ryan. Meng es de China y no creía en Dios. Ryan es brasileño y cristiano, testigo de Jehová. Aunque ninguno de ellos era adventista, se convirtieron en mis mejores amigos. Un día me vieron orando. Por lo general, trataba de hacerlo en silencio porque estudiaba en una escuela que no era adventista, pero aquella vez se dieron cuenta. Meng me preguntó qué estaba haciendo. Le dije que simplemente estaba orando a Dios y pidiéndole ayuda. Meng se rio un poco. Como era mi amigo, no me lo tomé demasiado en serio. Intenté explicárselo, pero él no estaba seguro de creer en Dios. Mis padres también ayudaron a fundar un Club de Conquistadores y Aventureros en la iglesia de la Universidad Adventista de África Central. Nos reuníamos todos los sábados por la tarde, y algunas veces los domingos para practicar deportes, con el propósito de aprender acerca de Dios mediante la naturaleza y diferentes actividades. Durante mi etapa como aventurero, y ahora como conquistador, hice muchos amigos cercanos. El Club siguió creciendo cada año y este año celebramos el décimo aniversario de su fundación. Un día, invité a Meng y a Ryan a participar del Club. Después de hablar con sus padres, ellos les permitieron asistir. Se sintieron muy bien recibidos y compartimos muchos momentos especiales que nunca olvidaré. Entonces, sucedió algo que cambió mi manera de comprender lo que significa ser hijo de misioneros. Comprendí que, aun mediante pequeñas acciones, puedo compartir el amor de Dios con los demás. Un día, en Green Hills, vi a Meng sentado en silencio y con la cabeza inclinada. Le pregunté qué estaba haciendo, pero al principio no quiso responder. Más tarde me dijo que estaba intentando orar. Mi amigo, que no creía en Dios, estaba orando. Esto conmovió profundamente mi corazón. Estaba muy emocionado por contárselo a mis padres. Desde ese momento, comencé a comprender lo que significa ser hijo de misioneros. Entendí que, aun mediante pequeñas acciones, puedo compartir el amor de Dios con los demás. Oro para que algún día Meng sea bautizado. Actualmente estudio en Maxwell Adventist Academy, en Kenia. Siento que he regresado al lugar donde todo comenzó. Aunque la cultura es diferente de la de Ruanda, me siento cómodo. Hay desafíos, pero creo que Dios siempre tiene el control. Extraño a mis padres, que todavía sirven en Ruanda, en la Clínica Dental Adventista de Kigali. En el futuro quiero ser misionero como ellos. Quiero ayudar en los clubes y en el Ministerio Infantil y, tal vez, llegar a ser director o médico, como mis padres. Su ejemplo me inspira a servir a Dios dondequiera que vaya. También estoy muy agradecido por mi hermana gemela, Jael. Ella me ayuda con mis estudios y me anima a seguir adelante. Que Dios bendiga a todos los hijos de misioneros alrededor del mundo. Que podamos ser una luz para otros niños que necesitan a Jesús en su vida.La historia de Tereza
He visitado muchos países, como Bélgica, Estados Unidos, Egipto y mi propio país, Ucrania. Es divertido viajar de un país a otro, pero es triste dejar tu hogar. El lugar donde vives puede ser pequeño o grande, pero siempre es interesante. Es interesante aprender cosas nuevas, estudiar nuevos idiomas y asistir a nuevas escuelas. Cuando viajas de un país a otro, puedes conocer muchas cosas nuevas, como flores, árboles y personas. Es divertido explorar nuevos lugares, ver animales diferentes e incluso aprender nuevos juegos. Pero también es triste dejar atrás tus animales y tus cosas. Hay algunas cosas que realmente no necesitas, pero otras sí, como la familia.La historia de Jael
Crecer en una familia misionera no siempre es como las personas lo imaginan. Me llamo Jael Omonte y soy de Bolivia. Nací en Kenia, pero he vivido la mayor parte de mi vida en Ruanda. Por eso, vivo lejos de lo que muchas personas llamarían “hogar”; sin embargo, con el tiempo he aprendido a sobrellevarlo y a adaptarme a diferentes ambientes. Ser de Bolivia, un país de Sudamérica, pero haber crecido principalmente en Ruanda me ha hecho comprender lo poco que a veces conozco sobre mis propios orígenes. Me resulta extraño decir de dónde soy, porque no me siento completamente vinculada a un solo lugar. Cuando las personas me preguntan dónde está mi hogar, no siempre sé qué responder. ¿Es el lugar donde nací, el país del que proviene mi familia o el sitio donde he vivido durante más tiempo? Es algo que todavía estoy intentando comprender. Creo que el hogar no es solamente un lugar, sino la combinación de todos los lugares, las personas y las experiencias que han hecho de mí quien soy hoy. Como hija de misioneros, la vida muchas veces consiste en dar, tal como lo hizo Jesús. Jesús es un modelo para mí porque me enseña a servir a los demás y a dar más de lo que recibo. Esto no siempre es fácil, especialmente cuando siento que estoy renunciando a cosas que otros chicos de mi edad sí pueden tener. En ocasiones puede ser difícil, pero, al mismo tiempo, me ayuda a crecer y a ser más comprensiva con las necesidades de los demás. Otra parte importante de mi vida es conocer nuevas culturas. Mudarme y vivir en diferentes lugares me ha permitido experimentar formas de vida que quizá muchas personas nunca tengan la oportunidad de conocer. He aprendido diferentes tradiciones, maneras de hablar y formas como las personas se relacionan. A veces, siento que conozco más acerca de otras culturas que de la mía, lo cual puede resultar un poco extraño. Pero también me hace feliz, porque puedo relacionarme con personas de diferentes orígenes y comprenderlas mejor. Aunque esta vida tiene muchas cosas buenas, no siempre es fácil. A veces, siento que no pertenezco completamente a ningún lugar. Aunque Ruanda se siente como mi hogar porque allí he vivido la mayor parte de mi vida, hay momentos en los que extraño mi propia cultura. Me gustaría volver a conectarme con ella y comprenderla mejor, en lugar de conocer tan poco acerca de ella. También hay ocasiones en las que siento que no estoy en el lugar correcto. Las personas que me rodean pueden pensar de manera diferente, tener otras creencias y ver el mundo de una forma distinta de la que estoy acostumbrada. Esto puede hacer que me sienta diferente o incluso un poco perdida. No siempre es fácil intentar encajar y, al mismo tiempo, conservar mi identidad. Por otro lado, ser hija de misioneros me ha enseñado lecciones importantes. Me ha enseñado a ser flexible, a comprender a los demás y a observar el mundo desde diferentes perspectivas. He aprendido que no todas las personas viven de la misma manera, y eso está bien. De hecho, es algo que he aprendido a valorar. También recuerdo momentos en los que tuve que salir de mi zona de confort para conocer nuevas personas o adaptarme a un ambiente diferente. Al principio, puede resultar incómodo e incluso dar un poco de miedo, pero con el tiempo se vuelve más fácil. Estas experiencias me han ayudado a ser más fuerte y a tener más confianza en mí misma. Aunque no conozco tanto como quisiera acerca de mi país de origen, sigo sintiéndome orgullosa del lugar del que provengo. Al mismo tiempo, estoy agradecida por la vida que tengo como hija de misioneros. Me ha dado oportunidades de aprender, crecer y vivir experiencias que quizá muchas personas nunca lleguen a tener. Al final, ser hija de misioneros no siempre es fácil, pero es una experiencia llena de significado. Ha moldeado quién soy y continúa formando la persona en quien me estoy convirtiendo. Todavía estoy aprendiendo, creciendo y descubriendo lo que realmente significa para mí la palabra “hogar”. Por ahora, creo que el hogar no es solamente un lugar, sino la combinación de todos los lugares, las personas y las experiencias que han hecho de mí quien soy hoy.La versión original de este artículo fue publicada en el sitio web de la Adventist Review. Julián Omonte, Tereza Poniatovska y Jael Omonte son estudiantes de la Maxwell Adventist Academy, en Nairobi, Kenia. Julián y Jael son hermanos gemelos adolescentes de Bolivia, mientras que Tereza es ucraniana.