Vi la mano de Dios actuando en situaciones de mi vida en las que parecía que ya no había salida
Por Felipe Lemos | Sudamérica
4 septiembre, 2026
En la Biblia, la palabra ángel o mensajero no siempre se refiere a un ser celestial. En Apocalipsis 14, por ejemplo, se entiende que los mensajeros que allí aparecen podrían ser personas como tú y yo, redimidas por Cristo. Esto cobró mayor sentido en mi vida y en la de mi familia hace algunos años, en dos ocasiones muy diferentes, pero conectadas por un mismo fenómeno que considero sobrenatural.
Era el año 1994. Yo trabajaba como reportero de un periódico en la ciudad de Montenegro, en el interior del estado de Rio Grande do Sul, Brasil. Había terminado el secundario y tenía que elegir una carrera universitaria. Como ya trabajaba en una empresa periodística y me gustaba leer y hablar, el camino más natural fue elegir Periodismo. Entonces, obviamente, tenía que rendir los exámenes de ingreso.
La universidad elegida se encontraba a unos 44 kilómetros de mi ciudad. Allí se dirigía gran parte de los jóvenes de la localidad para cursar los estudios superiores. Los exámenes se realizaban durante dos días. No sé exactamente por qué, pero mi familia decidió que el primer día yo iría en automóvil para rendir el examen de ingreso. Mi padre, un policía civil constantemente involucrado en operaciones, tuvo un contratiempo, por lo que le pidió a un compañero de trabajo que me llevara hasta la universidad.
Dilemas en el camino
A la hora acordada, subimos al automóvil del compañero de mi padre. Íbamos conversando cuando, de repente, el vehículo comenzó a fallar. Finalmente, el policía comprobó que el motor se había fundido. “Una excelente noticia”. Estábamos quizá a mitad de camino y, si no llegaba a tiempo, perdería el examen y tendría que esperar por lo menos un año para volver a rendirlo en esa universidad. Cerré los ojos, hablé con Dios y comprendí que me encontraba en una situación muy complicada.
En aquella época, los teléfonos celulares no eran tan inteligentes como los de hoy y la señal tampoco solía ser buena. En consecuencia, no había manera de llamar a un taxi ni de solicitar algún tipo de auxilio vehicular. Los servicios como Uber y la asistencia privada en las carreteras ni siquiera existían. Pero lo que sí existía, y siempre ha existido, era la providencia divina.
Mi tío, que vivía en la misma ciudad que yo, solía viajar en automóvil hasta una localidad cercana a la universidad. Aquel día, precisamente a esa hora, pasó por allí y, lo más curioso: me vio en la carretera. Detuvo el automóvil y preguntó qué había ocurrido.
Después de una rápida explicación, me llevó y llegué a tiempo para rendir el primer examen. Para mí, mi tío fue un mensajero de esperanza, porque apareció de manera sobrenatural cuando más lo necesitaba. El mensaje era muy claro: ¡siempre podemos confiar en Dios y saber que él hará lo mejor!
Ingresé en la Facultad de Periodismo y, después de enfrentar diversos desafíos, pude concluir esta etapa de mi vida en 2004. (Foto: Archivo personal)
¿Ángeles o rescatadores?
La otra historia, relacionada con esta misma idea de un mensajero de esperanza, ocurrió años después. Creo que fue en 2003. Ya estaba casado y vivía en Florianópolis, Santa Catarina, Brasil. El viernes por la noche, mi esposa y yo realizábamos el culto para recibir las bendiciones del sábado antes de ir al ensayo del coro en el que cantábamos.
Recuerdo claramente haber leído Isaías 43:2: “Cuando cruces las aguas, yo estaré contigo; cuando cruces los ríos, no te cubrirán sus aguas. Cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas” (NVI). Oramos y salimos en automóvil rumbo al ensayo. El trayecto era relativamente corto y nos dirigíamos a una iglesia adventista donde se realizaban algunos de los ensayos. Al pasar por una curva, de repente el automóvil perdió el control, se salió bruscamente de la carretera y terminó en medio de la vegetación, al costado del camino. El susto fue enorme y el automóvil sufrió daños materiales considerables que nos impidieron continuar el viaje.
No veíamos solución
En medio de la noche, sin poder sacar el automóvil de la vegetación, mi esposa y yo orábamos, llenos de preocupación. ¿Qué podíamos hacer? El lugar no era muy apropiado para permanecer allí a esa hora. Fue entonces cuando aparecieron dos hombres y detuvieron su automóvil en la misma curva. Hasta hoy no logro recordar sus rostros. Sin embargo, ambos se ofrecieron de inmediato a sacar nuestro automóvil de la vegetación y ayudaron, literalmente, a levantar el vehículo. Mi esposa y yo sentimos algo diferente: una mezcla de alivio, protección y cuidado. De repente, cuando pensé en hablar con ellos, los dos se esfumaron. Desaparecieron. Nunca pude identificarlos. Entendí que eran mensajeros de esperanza. ¿Su mensaje? ¡Dios nunca nos abandona, ni siquiera en los momentos más difíciles!
Para mí, confiar en Dios es lo mismo que vivir la vida cristiana. Ya sea que se trate de dificultades pequeñas, como en la primera historia, o un poco mayores, como en la segunda, no tengo dudas de que el amor, el cuidado y la misericordia divinos forman parte de nuestra vida en todo momento. ¡Confiar en Dios es maravilloso!
Felipe Lemos es comunicador, nació en Montenegro, Rio Grande do Sul, Brasil, y actualmente vive en Brasilia, Distrito Federal, Brasil. Está casado con la psicóloga Joseane y es padre de Gabriela, de 13 años.