20 julio, 2026
Entre junio y julio tuvo lugar el mayor evento deportivo del planeta: el Mundial de Fútbol. Las mejores selecciones, después de años de preparación, se presentaron ante miles de millones de espectadores. Incluso quienes no siguen el fútbol, se aventuraron a opinar sobre la alineación y la táctica de juego.
En los tiempos bíblicos también había estadios y atletas que se preparaban, y el apóstol Pablo utilizó esa escena para ilustrar la vida cristiana. Antes de levantar la copa, toda selección campeona pasa por una preparación previa: los 90 minutos en el campo son apenas la parte visible de lo que se construyó lejos de las cámaras.
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Con la fe sucede lo mismo. Lo que hoy se vive en secreto con Dios se manifiesta mañana, pues los cristianos, así como el mundo que lo interrumpe todo para ver el Mundial, están siendo observados en todo momento: somos un “espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres” (1 Corintios 4:9). Esa vida puede ser un testimonio de fe que atraiga a las personas a Cristo o una “piedra de tropiezo” que las aleje.
La fe debe de vivirse para dar testimonio
Pablo escribió: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis.Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible” (1 Corintios 9:24, 25).
Para alcanzar la victoria en la vida cristiana se necesita preparación espiritual. El entrenamiento invisible del cristiano es su vida devocional, vivida en secreto para que los resultados se manifiesten después. Sin esto, la derrota a la hora del partido estará asegurada.
El estudio diario de la Biblia fortalece la fe (Romanos 10:17), como un músculo que necesita ejercitarse. Un jugador que no entrena no desarrolla la musculatura, tiene un bajo rendimiento y puede lesionarse; de la misma manera, el cristiano que no busca a Dios termina con el “músculo espiritual” atrofiado y se lesiona cuando el adversario llegue por el lateral.
Un buen testimonio de fe exige reflejar el carácter del Señor, una transformación que solo ocurre al contemplarlo en la Palabra (2 Corintios 3:18). Elena G. de White escribió: “Sería bueno que cada día dedicásemos una hora de reflexión a la contemplación de la vida de Cristo. Debiéramos tomarla punto por punto, y dejar que la imaginación se posesione de cada escena, especialmente de las finales. Y mientras nos espaciemos así en su gran sacrificio por nosotros, nuestra confianza en él será más constante, se reavivará nuestro amor, y quedaremos más imbuidos de su Espíritu” (
El Deseado de todas las gentes, p. 63).
En la oración, el cristiano abre el corazón a Dios como a un amigo, y se abren las ventanas espirituales del cielo. Jesús dijo: “Pedid, y se os dará” (Mateo 7:7). En gran medida, el testimonio de fe cristiano ante el mundo es tímido o limitado por falta de oración. El cielo anhela derramar sus bendiciones, pero esto solo ocurrirá en la medida en que las pidamos. Si Jesús indicó que debemos pedir y el cristiano no pide, deja de recibir.
El camino de la perseverancia hasta el fin
Este Mundial de Fútbol fue testigo, probablemente, de las escenas finales de la carrera de los dos grandes atletas del fútbol moderno. Al analizar sus vidas, es posible percibir que los resultados que alcanzaron no fueron fruto de la casualidad, sino de la perseverancia y la dedicación al cuidado del cuerpo, la alimentación y los entrenamientos. Hoy, desde el punto de vista de la preparación, ambos son reconocidos como atletas ejemplares gracias a toda la dedicación que tuvieron antes de entrar en la cancha, superando desafíos, lesiones y cansancio, y perseverando siempre. Sus carreras se prolongaron debido a su disciplina.
Con la fe sucede lo mismo. La carrera del cristiano no es solo un partido amistoso de fin de semana; es una temporada larga, con partidos difíciles, con deseos de abandonar en medio del partido, con esas mañanas en las que uno se despierta y no quiere realizar el “entrenamiento espiritual” del estudio de la Biblia y la oración. Por eso, Hebreos nos pide que corramos “con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús” (Hebreos 12:1, 2); Apocalipsis habla de “la perseverancia de los santos” (Apocalipsis 14:12), y Jesús afirma que “el que persevere hasta el fin, este será salvo” (Mateo 24:13).
Perseverar significa tener resiliencia, disciplina y dominio propio. Significa no desistir cuando aparecen los desafíos y seguir adelante aun cuando la voluntad propia diga que no. Al fin y al cabo, “la carne es contra el Espíritu” (Gálatas 5:17), y la naturaleza humana siempre querrá apartarse de las disciplinas espirituales.
¿Qué hacer cuando uno se despierta sin deseos de buscar a Dios? Lo mismo que cuando se despierta sin ganas de ir al trabajo, pero necesita seguir adelante. ¿Qué hace esa persona? Va a trabajar aunque no tenga ganas. Eso es disciplina. Con el estudio de la Biblia y la oración debe ocurrir lo mismo. Si la persona se despierta sin deseos, debe orar y estudiar aun sin tenerlos, pues, a medida que comience a estudiar y orar, el Espíritu Santo llenará su corazón, la fe se fortalecerá y ¡los deseos regresarán!
Llegó la hora de entrar en la cancha
Un cristiano que vive su fe intensamente en privado, ejercitándose espiritualmente mediante el estudio de la Palabra y la oración, saldrá a atender sus responsabilidades cotidianas lleno de la unción del Espíritu y dará un poderoso testimonio de fe. Será un ejemplo en los negocios, en el trato con las personas y en la manera de compartir el amor de Cristo. William J. Toms dijo: “Ten cuidado con la manera en que vives; puede que seas la única Biblia que algunas personas lean”.
Pero ningún atleta vence solo. Por más decisivo que sea un jugador, es todo el equipo el que marca, crea las jugadas, corre tras la pelota y levanta la copa; ninguna selección conquista algo si está dividida. Con la iglesia sucede lo mismo: como enseña Pablo, somos muchos miembros que forman un solo cuerpo (1 Corintios 12:12), cada uno con su función. La unidad entre los hermanos fue lo que el propio Jesús le pidió al Padre: “para que el mundo crea” (Juan 17:21). El testimonio más fuerte no es el de una vida aislada, sino el de un pueblo unido.
La Copa Mundial de Fútbol termina, los reflectores se apagan, pero la carrera de la fe continúa, y tú ya estás inscrito en ella. Este testimonio no se decide en una única gran jugada: se construye en la vida cotidiana, en las pequeñas decisiones de cada día, cuando nadie está filmando. Entonces, surge la pregunta: ¿qué equipo ven las personas que tú defiendes, incluso cuando nadie está alentando?