Lo que comenzó como una búsqueda de la verdad culminó en un encuentro real con Cristo y una fe verdaderamente coherente.
Por Marcelo de la Concepción | Argentina
3 abril, 2026
Mi nombre es Marcelo y durante cuarenta y seis años de mi vida formé parte de otra denominación, trece de ellos serví como sacerdote. Mi camino, marcado por la fe y el servicio, dio un giro muy importante hace nueve años, cuando decidí voluntariamente dejar el ministerio sacerdotal. El cansancio y la insatisfacción espiritual, entre otros factores, me llevaron a tomar esa decisión que me trajo tranquilidad y paz a mi vida.
Con el tiempo, lejos de la “obediencia ciega” a criterios incuestionables que había aprendido como “divinamente revelados” fuera de la Escritura, me di cuenta de que tantos años de estudio, oración y servicio no me habían preparado lo suficiente para responderme a mí mismo las preguntas que comenzaron a surgir en mi interior.
La búsqueda de respuestas me llevó a explorar diferentes corrientes teológicas, pero fue un video de la Iglesia Adventista del Séptimo Día lo que tocó mi corazón. La enseñanza sobre la no inmortalidad del alma y la inexistencia del infierno resonó profundamente en mí, desafiando todo lo que había creído y enseñado.
Las enseñanzas en video de la Iglesia Adventista tocaron mi corazón. (Foto: Reproducción)
Enseguida me contacté con un conocido adventista para que me contara más de aquello en lo que ellos creen. Las charlas, vía WhatsApp y también presenciales, eran interminables, aunque para mí solo parecían unos minutos.
Con el paso de los días, el amigo adventista que me fue contando sobre su fe y brindándome un estudio bíblico inolvidable, me invitó a participar un sábado de la Escuela Sabática y del culto. Era la primera vez que asistía a una iglesia de otra denominación. Estaba algo nervioso, aunque muy confiado que ese era mi lugar: Dios quería que yo esté allí. Así comenzaron las charlas con otros adventistas y con el pastor del distrito al que ahora pertenezco.
Una nueva comunidad de fe
Hace dos meses, después de un proceso de reflexión y oración, tomé la decisión de abandonar mi antigua fe y buscar un nuevo camino. A principios de febrero, fui bautizado en la Iglesia Adventista, marcando un nuevo capítulo en mi vida, lleno de plenitud y claridad, de confianza y de paz verdaderas en Cristo, único Salvador.
Este cambio no fue fácil. Dejé atrás una comunidad, una identidad y una forma de vida que había conocido durante décadas. Sin embargo, la búsqueda de la verdad y la coherencia con lo que fui descubriendo como verdadero me impulsaron a seguir adelante.
La Iglesia Adventista del Séptimo Día se ha convertido en mi nuevo hogar, en mi nueva familia, ofreciéndome una perspectiva diferente sobre la vida, la muerte y el propósito de la propia existencia.
Una decisión transformadora
La capacidad humana, iluminada por Dios, para buscar, cuestionar y encontrar un nuevo camino pudo considerarse no solamente una opción, sino diría una exigencia de mi propia existencia: he sido creado por y para Dios. Sin Él no hubiera encontrado paz interior.
A medida que me fui adentrando en esta nueva etapa, me fui dando cuenta de que la fe no se trata de seguir dogmas o tradiciones, sino de vivir una relación auténtica con Dios y con uno mismo. La Iglesia Adventista me ha ofrecido una comunidad acogedora y una comprensión más profunda y, sobre todo, real de la Biblia.
La recepción y el apoyo de los miembros adventistas para estudiar la Biblia conmigo marcaron mi decisión de aceptar a Dios. (Foto: Reproducción)
Una fe vivida desde la experiencia y la verdad
Mi camino espiritual me recuerda, cada vez que lo observo, que nunca es demasiado tarde para buscar la verdad y encontrar un nuevo propósito. También soy consciente de que, sin un hermano que me hubiese hecho reconsiderar mis creencias religiosas, jamás habría conocido la Verdad. Estoy convencido de que la gracia y la misericordia de Dios pueden transformar vidas y ofrecer un nuevo comienzo.
Mi corazón está lleno de gratitud; mi espíritu ha sido renovado por la Palabra de Vida y estoy listo para enfrentar los desafíos y las oportunidades de anunciar que Cristo viene pronto a quienes se crucen en mi camino.
La oración ha tenido, en todo este proceso de transformación interior, un papel decisivo: cada versículo de la Biblia que leo, cada reflexión que medito, dejándome iluminar por la gracia, continúa transformándome. Eso es lo que anhelo: que sea Cristo quien realmente viva en mí.
Marcelo de la Concepción es natural de la ciudad de Gualeguaychú, vive en Rosario del Tala, Entre Ríos, Argentina, y trabaja desde hace algunos años como docente de filosofía.