Los milagros más extraordinarios no siempre son los sobrenaturales. Lo experimenté durante una misión en Colombia.
Por Isabella Assunção | Sudamérica
7 agosto, 2026Una semana después de mi misión en Colombia, un sábado, recibí el mensaje de una amiga que conocí allí, quien me decía: "Hoy sentimos tu ausencia". Yo también los extrañé. Y mucho.
Durante las últimas semanas de julio, pasé diez días en Necoclí, un municipio costero del departamento de Antioquia, en Colombia. Parecía una realidad paralela. Tal vez por la diferencia horaria, por el cambio en mi rutina o incluso por la sencillez de la vida de los habitantes del interior, los días parecían transcurrir más lentamente.
Cada día estaba marcado por pequeñas sorpresas. Por la mañana, nuestro grupo de nueve voluntarios visitaba hogares de la ciudad para brindar atención de salud física, emocional y espiritual. Conversábamos con las familias para comprender su realidad y ayudarlas de la mejor manera; también cantábamos juntos, orábamos por los pedidos que mencionaban y, al final, las invitábamos a la programación especial que se realizaba en la Iglesia Adventista de Mar de Cristal.
Iglesia Adventista de Mar de Cristal llena de personas que escuchaban acerca de los milagros de Jesús durante la misión. (Foto: Thalles Paixão)
Se instaló una carpa en el patio del templo local para ampliar el espacio destinado al público. Todas las noches de aquella semana, más de 300 personas participaban de las reuniones, y casi la mitad eran visitas. Escuchaban a los voluntarios brasileños cantar una canción en portugués, seguían las predicaciones del pastor Gilson Montin en la serie de estudios titulada "Los milagros de Jesús" y cantaban la misma canción en su versión en español.
Mensaje infantil
Mientras los adultos escuchaban las reflexiones, los niños participaban de una programación especial. Allí les enseñamos a cantar en portugués la canción "Três Palavrinhas" [Tres palabritas], que resume una de las mayores verdades de la Biblia: Dios es amor. Espero que nunca lo olviden. Una de las escenas más emocionantes del viaje fue verlos presentar la canción ante los adultos después de una semana entera de ensayos.
Los niños cantan una canción en portugués durante un encuentro con los misioneros. (Foto: Maycon Santos)
Los mensajes de cada noche conmovían el corazón de los presentes, quienes, por cierto, ya enfrentaban el calor característico del clima tropical de la región. Aunque la programación se realizaba al aire libre y después de la puesta del sol, siempre eran necesarios ventiladores y mucha agua.
Al finalizar la primera noche, uno de los voluntarios sugirió que formáramos un pasillo para saludar a las personas a la salida. La idea fue tan buena que repetimos la iniciativa todos los días de la semana. Entre abrazos, sonrisas y un sencillo "Dios lo bendiga", creamos lazos que superaban la barrera del idioma.
Algunos niños se acercaban sonriendo y decían "obrigado", en portugués, con el acento más tierno que he escuchado. Eran pequeños gestos, pero demostraban su cariño y el deseo de hacernos saber que nuestra presencia había sido importante.
Más allá de la inmersión cultural
La misión fue organizada por el matrimonio pastoral Gilson y Rosely Montin, que desde hace diez años lleva adelante este proyecto con los jóvenes a quienes lidera. Aunque la propuesta está dirigida a los jóvenes, cualquier persona puede participar.
En esta edición, el grupo reunió a un joven de Río de Janeiro, una madre y un hijo de São Paulo y cuatro participantes de la región de Araras (RJ), además del matrimonio pastoral. Con cariño, nuestro grupo podría haberse llamado "Pablo y Timoteo", pues estaba formado por jóvenes y personas mayores. El intercambio de experiencias se dio en la medida justa.
Quien más llamó mi atención fue Paulo César de Carvalho, el integrante con más experiencia del equipo, de 68 años. Era su primer viaje en avión y también su primer viaje internacional. "Fue una experiencia que nunca olvidaré", me contó después, por WhatsApp.
Enfrentamos el sol y la lluvia para visitar a las familias de la región. (Foto: Maycon Santos)
Todos crecimos como grupo y de manera individual. Tengo la impresión de que pocas experiencias enseñan tanto como un viaje misionero. La inmersión cultural marca toda la diferencia: comer lo que ellos comen, comprender cómo viven e incluso darse un baño de lodo en un volcán inactivo, después de aceptar la inesperada invitación de un habitante de la región.
Viviendo el cielo aún en la tierra
Toda esta experiencia me permitió contemplar la grandeza y la diversidad del pueblo adventista. Somos muchos, cada uno con sus características, historias y personalidades. Sin embargo, compartimos la misma esperanza: aguardamos el pronto regreso de Jesús. Somos, verdaderamente, una gran familia.
Confieso que, cuando la misión llegó a su fin, sentí nostalgia del Cielo. Se reavivó en mí el deseo de vivir la eternidad junto a mis nuevos hermanos en la fe, al lado de aquel que nos unió. Más que nunca, sentí un intenso anhelo de experimentar un mundo en perfecta armonía y sin el dolor de las despedidas.
El mayor milagro
Elena G. de White escribió en el libroEl evangelismo que "La conversión de las almas a Dios es la obra más grandiosa y más elevada en la cual los seres humanos pueden tomar parte. En la conversión de las almas, se revelan la tolerancia de Dios, su amor inconmensurable, su santidad y su poder. Toda verdadera conversión lo glorifica […]" (p. 216).
Vi que esto sucedía ante mis propios ojos. Al finalizar la semana, tres personas aceptaron entregar su vida a Jesús y fueron bautizadas. Sé que aquella decisión fue el resultado de semillas sembradas mucho antes de nuestra llegada. Aun así, ese también es nuestro papel: sembrar. Los frutos pertenecen a Dios y, muchas veces, serán cosechados por otras personas, pero me alegra saber que pude formar parte de esta historia.
El pastor local con los nuevos amigos en la fe que fueron bautizados. (Foto: Thalles Paixão)La parte del grupo que se inspiró en nuestro trabajo y continuará con la iniciativa en la comunidad. (Foto: Isabella Anunciação)
En el último encuentro, también entregamos nuestras pecheras a los jóvenes colombianos. Durante la semana, ellos observaron el impacto del proyecto en la comunidad y se comprometieron a organizar un equipo para dar continuidad a la misión.
Los milagros más extraordinarios no siempre son los que interrumpen las leyes de la naturaleza. A veces, simplemente cambian el rumbo de una vida. Por eso, quiero seguir formando parte del mayor milagro que puede sucederle a alguien: que su vida sea transformada por Jesús.