Tesoros escondidos
Por Adm1n
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Cómo Dios me encontró en medio del dolor y transformó completamente mi historia

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Soy viuda desde hace seis años. Estuve casada durante 29 años con un pastor de otra denominación, y la iglesia siempre fue parte de mi vida. Siempre serví a Dios a través de la enseñanza, la predicación, cursos cristianos y conferencias. Pero cuando mi esposo falleció, algo dentro de mí se cerró. Pasé dos años viviendo prácticamente aislada. Me cerré, me callé, me escondí dentro de mi propio cuarto.
Una pregunta inquietante
Aunque oraba, había algo que me incomodaba profundamente. Hablaba con Dios y decía: “Señor, debe haber algo más… no es solo esto”. Esa frase comenzó a crecer dentro de mí. Sentía que Dios tenía algo más allá de lo que yo ya conocía. Como si existieran “tesoros escondidos” que aún no le habían sido revelados a mi corazón. Yo no lo sabía, pero esa búsqueda ya era Dios guiándome. Un día, recibí una llamada inesperada. Era Israel, un compañero de trabajo de mi hermano. Él era miembro de la Iglesia Adventista. Él supo de mi inquietud y decidió llamarme. Empezamos a conversar, y me preguntó sobre mi rutina, mi vida y mi fe. Fui contando todo, naturalmente. Hasta que, en un momento de la conversación, él dijo: “Clarice, ¿sabías que Dios tiene más para ti? Existen tesoros escondidos”. En ese mismo instante, algo sucedió dentro de mí. Fue como si Dios estuviera hablándome directamente. Esa era exactamente la frase que yo repetía en mis oraciones. Allí entendí que Dios me estaba respondiendo. La semana siguiente comencé a participar en estudios bíblicos guiados por Israel. Iba con sed. Hacía las lecciones con dedicación, anotaba preguntas, quería entender todo. Mi corazón estaba abierto.Entre el descubrimiento y la resistencia
A medida que los estudios avanzaban, especialmente sobre el libro de Daniel, comencé a comprender muchas cosas. Pero no todo fue fácil de aceptar. El tema del sábado me impactó profundamente. Era justamente el día en que mi vida era más intensa, el día en que más trabajaba, más atendía, más ganaba dinero. Recuerdo haber dicho claramente: “Eso no lo voy a cambiar”. Me sentí incómoda, cuestioné, resistí. Incluso pensé en dejar de estudiar. Pero, aun cuando quise retroceder, Dios continuó obrando en mí. Durante esa semana, en mi trabajo, en el horario de almuerzo, sentí al Espíritu Santo hablar conmigo de una manera muy personal. Y poco a poco, mi corazón fue siendo moldeado.El cuidado de Dios
Decidí visitar la Iglesia Adventista. Fui sola. Durante el culto, una mujer llamó mi atención: Gláucia Quiles. Fue llamada al púlpito para orar y, cuando comenzó a hablar, algo tocó mi corazón.
La decisión
Salí diferente de ese encuentro. Reflexiva, pero, sobre todo, decidida. Entendí que ya no quería vivir una fe parcial. No quería solo momentos con Dios. Quería todo lo que él tenía para mí. Aunque era evangélica, aunque había sido esposa de pastor, percibí que Dios me estaba llamando a algo más profundo y más completo. Esa semana tomé mi decisión. Fui bautizada en la Iglesia Adventista.
Clarice Ferreira da Silva es madre, abuela y cuidadora de ancianos y de niños con necesidades especiales. Reside en São José dos Campos, interior de São Paulo.