El ministerio pastoral desde el punto de vista familiar
Por Adm1n
Imagen Referencial
Una historia de amor, compañerismo y fe, marcada por el sueño de servir a Dios y la convicción de que cuidar la familia también es parte de la misión.
Por Cristina Levano | Países Hispanos
30 octubre, 2026
Cuando se habla del ministerio pastoral, es común pensar en las predicaciones, las visitas, los viajes y las responsabilidades de quien está al frente de una iglesia. Pero existe una parte de esa historia que no siempre aparece: la rutina de quien comparte ese camino, acompaña las mudanzas y también necesita encontrar formas de conciliar la misión con la vida familiar.
La historia de Ivanete Lima y el pastor Jair Góes está marcada por esa experiencia. Oriunda de Maranhão, ella salió de São Luís para estudiar en el antiguo Educandário Nordestino Adventista (ENA), inspirada por dos tías que eran esposas de pastores. Ya en el colegio, ella soñaba con seguir ese camino.
“Yo veía la familia pastoral y me parecía muy lindo. Admiraba mucho y soñaba, idealizaba eso para mi vida”, cuenta.
Ivanete conoció a Jair en el último año del colegio. Los dos se casaron seis meses antes de la graduación de él e iniciaron su trayectoria en Salvador, donde Jair se desempeñó como capellán y ella trabajó como profesora. En 1986, organizaron un encuentro de parejas para los padres de los alumnos, después de notar dificultades conyugales entre algunas familias. La iniciativa dio comienzo a un trabajo que continuaría por décadas.
Una rutina misionera
La pareja comenzó su servicio distrital en Juazeiro, Bahía, donde debía atender 30 iglesias y grupos. Después del jornada laboral, Ivanete acompañaba a su esposo en las visitas misioneras. Los viajes por rutas de tierra frecuentemente terminaban cerca de la medianoche, y la rutina continuó durante el embarazo y después del nacimiento de la primera hija.
A lo largo de los años, el ministerio pastoral se construye mediante relaciones, experiencias compartidas y dedicación al servicio de Dios. (Foto: Archivo personal)
En una de las visitas, la pareja recorrió cerca de 300 kilómetros hasta una iglesia donde tuvo que pasar la noche. Debido a la lluvia y a las goteras, tuvieron que cambiar de lugar varias veces dentro del templo, hasta ser hospedados por miembros de la comunidad al día siguiente.
“Esa era una aventura, pero una aventura agradable, porque me gustaba hacer eso”, recuerda.
Con la mudanza a Itabuna, también en Bahía, nació el segundo hijo. Más tarde, cuando Jair asumió funciones administrativas y departamentales, los viajes se hicieron más frecuentes. Ivanete dejó su trabajo para dedicarse a los hijos y a la rutina de la casa durante las ausencias de su esposo. Aun a la distancia, Jair mantenía contacto diario con la familia y, siempre que era posible, organizaban momentos para estar juntos.
La importancia de pertenecer
En Recife, la familia dejó una iglesia más grande y comenzó a asistir a una pequeña congregación que se reunía en la casa de uno de los miembros. Ivanete quería que sus hijos tuvieran más oportunidades de participar de las actividades de la iglesia. La familia se involucró en los eventos de recaudación para construir el templo y en la formación de un Club de Conquistadores.
La experiencia también le brindó un sentimiento de aceptación que, según ella, no siempre había encontrado en otras comunidades. “Comenzamos a tener esa sensación de familia pastoral que pertenece a una iglesia que antes no lo sentíamos”, relata.
Esa vivencia hizo que Ivanete reflexionara sobre la realidad de quien acompaña el ministerio pastoral. Mientras el pastor atiende las demandas de la iglesia, el cónyuge puede tener que asumir solo buena parte de las responsabilidades de la casa y de los hijos, además de buscar su lugar en la comunidad. Ella describe esa experiencia como la sensación de ser, muchas veces, una “madre sola”.
La familia también es parte de la misión
Ivanete Lima y el pastor Jair Góes, junto a sus hijos, yerno y nietos. (Foto: Archivo personal)
La preocupación por la vida familiar acompañó la trayectoria de la pareja. Jair mantuvo el trabajo con las familias entre sus responsabilidades ministeriales, incluso mientras desempeñaba funciones administrativas. Tres años antes de jubilarse, pidió volver al distrito pastoral, donde quería terminar su ministerio.
Ivanete también continuó trabajando con parejas. Psicóloga y terapeuta familiar, ella observa, a partir de su experiencia profesional, cómo la falta de tiempo y de inversión en la relación puede contribuir al distanciamiento entre los cónyuges.
Según su evaluación, las demandas de la iglesia también pueden reducir el tiempo dedicado a la familia. Las reuniones y actividades a la noche, los sábados y los domingos afectan la convivencia, incluso entre pastores y sus familiares. Para Ivanete, la dedicación a la comunidad no debe comprometer el cuidado de la relación y la presencia en la vida de los hijos.
Con esa preocupación, Jair instituyó el llamado “Sábado de la familia” en el distrito en el que trabajaron en los últimos años del ministerio. La propuesta era reservar un sábado sin reuniones o actividades de la iglesia para que las familias pudieran estar juntas. Según Ivanete, la iniciativa fue incorporada por la comunidad y continuó en la Iglesia Central de Taguatinga, en el Distrito Federal, Brasil, incluso después de la salida de la pareja.
Esa experiencia reforzó una convicción que mantiene desde hace años. “El cuidado con la familia no puede estar en segundo plano”, dice, incluso ante las responsabilidades de la misión.
“Cuando la familia no va bien, todos las áreas de la vida son afectadas. El trabajo es afectado, la iglesia es afectada, los amigos, la familia, la sociedad como un todo”, afirma.
Al recordar la trayectoria al lado de Jair, Ivanete destaca la alegría de haber participado intensamente del ministerio. Viajes, visitas, mudanzas y la crianza de los hijos fueron parte de esa historia compartida. La experiencia también la llevó a reflexionar sobre los límites y las necesidades de quien acompaña el trabajo pastoral desde el hogar.
A las parejas que están comenzando este camino, ella les deja un consejo: cuidar de la familia también es parte de la misión. “No sirve de nada que salvemos a los miembros y perdamos nuestra familia”, concluye.
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