En las últimas semanas, he notado que he pensado más de lo habitual sobre nuestra misión como adventistas del séptimo día. No fue una reflexión aislada ni el resultado de una sola lectura. Fue el fruto de varios estímulos que comenzaron a dialogar entre sí: las clases de mi doctorado, algunas publicaciones recientes y, sobre todo, una lectura atenta de uno de mis libros favoritos:
El conflicto de los siglos, de Elena G. de White. Todo esto generó en mí una pregunta insistente, casi incómoda: ¿estamos siendo realmente fieles a la misión profética que Dios le confió a nuestro movimiento remanente?
Recientemente cursé la materia titulada “Misión urbana” y confieso que esas clases me desafiaron más de lo que esperaba. La misión urbana nos obliga a pensar la fe en contextos complejos, plurales y fragmentados, donde las respuestas simples ya no son suficientes. Allí no es posible esconderse detrás de fórmulas desgastadas. Es necesario volver a las convicciones profundas. Es necesario preguntarse qué mensaje tenemos y por qué lo anunciamos.
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En una de esas clases, el profesor hizo un panorama histórico del surgimiento del movimiento adventista. No fue una revisión fría ni meramente académica. Fue una invitación a recordar quiénes somos y por qué existimos. Y ese recorrido histórico comenzó, como era de esperarse, con el movimiento millerita y con el estudio serio de la profecía bíblica a comienzos del siglo XIX.
La verdad presente
Guillermo Miller comenzó a estudiar las Sagradas Escrituras con una convicción sincera y un método riguroso. En ese proceso, se encontró con la profecía de Daniel 8:14, las 2.300 tardes y mañanas, el período profético más extenso de la Biblia. Miller y sus contemporáneos entendieron que ese período llegaría a su fin alrededor de 1843–1844. Asumieron que el evento indicado sería la segunda venida de Cristo. Sabemos que se equivocaron con respecto al evento, pero no a la profecía ni a la fecha.
Después del gran chasco, un grupo volvió a la Biblia con humildad. Volvió a estudiar, a orar y a comparar texto con texto. Fue allí cuando los milleritas comprendieron que el evento anunciado no era el regreso de Cristo, sino que se trataba del inicio de una nueva fase del ministerio de Cristo en el santuario celestial. A partir de 1844, Cristo inició su obra como sumo sacerdote en el lugar santísimo. Esta comprensión no fue un simple ajuste teológico; fue el nacimiento de una identidad profética clara.
En ese mismo contexto histórico y teológico, cobra fuerza el mensaje de Apocalipsis 14, que, a mi entender, contiene el corazón de la misión adventista. Elena de White, en
El conflicto de los siglos, expresa esto con claridad al afirmar que los mensajes de Apocalipsis 14 constituyen una triple advertencia destinada a preparar a los habitantes de la Tierra para la segunda venida del Señor. “La declaración: ‘Ha llegado la hora de su juicio’, indica la obra final de la actuación de Cristo para la salvación de los hombres. Proclama una verdad que debe seguir siendo proclamada hasta el fin de la intercesión del Salvador y su regreso a la tierra para llevar a su pueblo consigo” (White, CS, p. 431).
Aquí vale recordar que el primer ángel proclama que ha llegado la hora del juicio (Apocalipsis 14:6). Este anuncio no debe leerse como una amenaza, sino como una buena noticia. Habla de un Dios que establece límites al mal, que hace justicia y que no deja que la historia se suma en el caos. Señala el inicio de la obra final de Cristo en favor de la humanidad, una obra que comenzó en 1844 y que culminará con su glorioso regreso.
Ese mismo ángel llama a los seres humanos a temer a Dios y darle gloria, dirigiendo la adoración al Creador del cielo, de la tierra y del mar (14:7). Este lenguaje no es casual. Se trata de una referencia directa a la creación y, en consecuencia, al sábado. Aquí está el fundamento bíblico de la verdadera adoración y la razón por la cual el cuarto mandamiento ocupa un lugar tan central en la identidad del pueblo de Dios.
El segundo ángel anuncia la caída de Babilonia, un sistema religioso que mezcla verdad y error, confunde la adoración y se aparta de la fidelidad a Dios (14:8). El tercer ángel, a su vez, advierte contra la adoración a la bestia y a su imagen, presentando un contraste claro entre dos grupos y dos lealtades (14:9,10).
Fidelidad y obediencia
Es importante observar que el libro de Apocalipsis no deja espacio para la neutralidad ni para la comodidad. Presenta decisiones claras que deben tomarse y consecuencias reales que deben enfrentarse. Por eso, cuando el versículo 12 del capítulo 14 afirma: “Aquí está la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús”, describe con precisión el carácter del pueblo fiel en el tiempo del fin: un pueblo leal a Dios y contrario a las doctrinas humanas.
Este texto deja algo muy claro: la fidelidad a Dios se expresa en obediencia. Y, de manera especial, en la observancia del sábado bíblico, tal como se presenta en el cuarto mandamiento de Éxodo 20. No se trata de un día intercambiable ni de una tradición cultural. Se trata del día que el propio Dios bendijo y santificó como memorial de la creación (Génesis 1 y 2; Éxodo 20:8–11).
Nuevamente, en
El conflicto de los siglos, Elena de White afirma que la observancia de la ley de Dios, en contraste con su violación, establecerá la distinción final entre quienes adoran a Dios y quienes adoran a la bestia. Esta afirmación no busca generar miedo, sino claridad. El sábado se convierte, en el contexto final de la historia, en una línea divisoria entre fidelidad y desobediencia.
¿Una ley dominical?
Fue precisamente en medio de estas reflexiones que surgieron algunas publicaciones recientes que, aunque no son el foco central de este análisis, no pueden ser ignoradas. A comienzos de enero de 2026, la
Heritage Foundation publicó un informe titulado
Saving America by Saving the Family (Salvar Estados Unidos al salvar a la familia), que generó una fuerte repercusión entre algunos grupos de adventistas. Aquí vale mencionar algunos elementos que me llevaron a profundizar en su lectura.
En la página web oficial de esta institución, su misión se presenta de la siguiente manera: “la misión de Heritage es formular y promover políticas públicas conservadoras basadas en los principios de la libre iniciativa, el gobierno limitado, la libertad individual, los valores tradicionales estadounidenses y una fuerte defensa nacional” (traducción libre). Aunque esta organización no ejerce una función gubernamental directa, deja clara su visión respecto de los valores que defiende, todos ellos, en apariencia, buenos en sí mismos.
Retomando el informe
Saving America by Saving the Family (Salvar Estados Unidos al salvar a la familia), para comprender el trasfondo de esta propuesta es importante entender la intención que la motiva. El documento afirma que las comunidades religiosas desempeñan hoy un papel fundamental en el fortalecimiento de la vida familiar. Desde esta perspectiva, se entiende que la libertad religiosa no debería restringirse al ámbito privado, sino que puede utilizarse para reafirmar valores considerados esenciales para el ser humano, el matrimonio y la familia. Al mismo tiempo, se incentiva a las iglesias a asumir un papel más activo en el acompañamiento de las personas, ofreciendo apoyo a las familias, orientación a personas solteras, preparación para el matrimonio y herramientas para fortalecer las relaciones conyugales (
Saving America by Saving the Family,
p. 36). En este contexto, la idea de un día de descanso surge como una propuesta orientada a crear un tiempo protegido para la fe, la familia y el cuidado de los vínculos.
En la página 37 del documento se presenta la propuesta de un “día de descanso uniforme” para favorecer la vida religiosa y familiar. Dentro de este enfoque, se argumenta que la existencia de un día de descanso compartido, con límites claros para la actividad comercial, ayudaría a establecer ritmos más saludables para la vida comunitaria. La idea es que, al contar con un tiempo “protegido”, las personas puedan dedicar espacio a la experiencia religiosa, a la convivencia familiar, a las actividades al aire libre y al descanso (Ibid., p. 37). Según esta perspectiva, tales prácticas contribuirían al bienestar emocional, al fortalecimiento de los lazos sociales y a una mayor estabilidad en las relaciones familiares.
Aquí hay una advertencia. Aunque la
Heritage Foundation es una organización privada y este documento no tiene fuerza de ley, se trata, sin duda, de una señal cultural que merece ser observada con mucha atención.
Ante esta propuesta, la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Norteamérica manifestó con claridad su preocupación. Mediante un comunicado, recordó que la libertad religiosa implica el derecho de cada persona a adorar de acuerdo con su conciencia, sin coerción del Estado. En la misma publicación, quedó claro que, desde hace más de ciento sesenta años, los adventistas se oponen a cualquier forma de legislación dominical, incluso cuando estas iniciativas se presentan con argumentos sociales o de bienestar comunitario. Para la Iglesia Adventista, este tipo de propuestas contradice el espíritu de la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, que exige neutralidad religiosa por parte del gobierno.
Además, se destacó que restringir las actividades comerciales en domingo afecta directamente a comunidades de fe que no observan ese día, como los adventistas del séptimo día y los judíos ortodoxos. En ese sentido, la iglesia recordó su compromiso de seguir defendiendo la libertad religiosa y de oponerse firmemente a cualquier intento, por parte de organizaciones públicas o privadas, de utilizar el poder del Estado para promover prácticas religiosas específicas (
Sunday Rest Proposal Raises Troubling Religious Liberty Concerns – North American Division of Seventh-day Adventists [Propuesta de descanso dominical levanta preocupaciones sobre la libertad religiosa], 2026).
Volviendo al inicio, tengo la profunda convicción de que no podemos dar espacio a las voces sensacionalistas del momento. Pero necesitamos reconocer que existe una necesidad de despertar frente a las realidades que se desarrollan ante nuestros ojos. Las profecías no fueron dadas para generar pánico, sino para producir fidelidad e impulsar la misión. Si estas cosas están ocurriendo, no es motivo de tristeza, sino un llamado a la responsabilidad. Históricamente, fuimos llamados a proclamar la verdad presente para este tiempo.
Una misión urgente
Hoy, más que nunca, los adventistas del séptimo día tienen una misión urgente. Somos llamados a predicar el evangelio eterno, a anunciar que la hora del juicio ha llegado, a proclamar que existe un Intercesor en el santuario celestial y a invitar a las personas a una relación de obediencia y fidelidad a Dios. No somos salvos por nuestras obras, pero quienes aman a Dios guardan sus mandamientos. Todos los mandamientos. Y, de manera especial, aquel que será más olvidado y atacado en el tiempo del fin: el cuarto mandamiento.
Quiero concluir llevando nuestra mente, por algunos instantes, al texto de Apocalipsis 18. Allí encontramos la imagen de un ángel que desciende del cielo con gran poder y cuya gloria ilumina toda la Tierra. El último mensaje. La última oportunidad para toda la raza humana. Esa imagen es un llamado. Dios necesita un pueblo que refleje su carácter, proclame su verdad y utilice todos los medios legítimos para hacerlo.
Hoy disponemos de herramientas que generaciones anteriores jamás tuvieron: internet, redes sociales, plataformas digitales, inteligencia artificial y medios de comunicación globales. Todo lo que puede ser usado para confundir también puede ser usado para iluminar. Tenemos los recursos. También necesitamos claridad y valentía.
Este es un llamado para todos, pero de manera especial para pastores, influenciadores y comunicadores adventistas. No podemos diluir el mensaje. Tampoco debemos suavizar la verdad presente por temor a la oposición. Está profetizado que habrá resistencia. Pero también está prometido que el Espíritu Santo capacitará a quienes decidan ser fieles.
Este es nuestro tiempo. Dios nos está llamando a ser la generación que cumpla el propósito profético, con un mensaje claro y una identidad bien definida. No se trata de protagonismo, sino de obediencia. No se trata de éxito, sino de fidelidad.
La historia aún no ha terminado. Y la misión es más urgente que nunca.