El valor moral de preocuparse por los demás
El trabajo humanitario requiere valor, perseverancia y la decisión de acompañar a quienes atraviesan situaciones de sufrimiento.
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A las personas que están siempre ahí
Cada día, en docenas de países, el personal de ADRA y voluntarios están llevando a cabo una labor que la mayoría de la gente no verá nunca. Estas personas están distribuyendo alimentos en comunidades que aún se están recuperando de unas inundaciones que ya han dejado de ser noticia. Están sentadas con familias en albergues para gente desplazada, escuchando historias que cargan consigo un peso que ninguna persona debería llevar sola. Son maestros ayudando a niños a reponer años perdidos en su educación, trabajadores de salud comunitaria viajando a poblaciones remotas, expertos en logística, coordinadores, traductores y entrenadores.
Y en muchos casos, son vecinos de las personas a quienes prestan sus servicios, miembros de las comunidades que están ayudando a reconstruir. Eso es profundamente significativo. Las personas que están más cerca de la crisis la entienden mejor que cualquiera que llega de otra parte. Empoderar, crear confianza, proporcionar recursos y apoyar a las personas a las que se atiende, no es solo una buena práctica; es respeto puesto en acción.
Algunos de ellos trabajan en lugares en donde la palabra “peligroso” no es un eufemismo. Ellos saben bien el riesgo, pero van de todos modos. Eso es valor moral. No la ausencia de temor, sino el negarse a permitir que el miedo sea el factor decisivo.¿Qué los sostiene?
He tenido el privilegio de colocarme al lado de esos hombre y mujeres en países en torno al mundo, en aldeas y zonas de desastre y el momentos tranquilos entre las demandas de la labor.Lo que he encontrado en forma consistente es que la adrenalina se desvanece y la ideología solo lleva a una persona hasta cierto punto. Lo que mantiene a estos obreros en sus puestos es un sentido de llamado, la convicción de que su labor es importante aun cuando el progreso sea lento; y la confianza de que no la están haciendo solos. Dios está presente en los sitios de mayor sufrimiento y el acudir ahí es una forma de estar en donde él ya está.


La solidaridad no es pasiva
La solidaridad es el corazón de la labor humanitaria. Solidaridad no es simpatía a la distancia. Es la disposición a estar genuinamente conectado con las personas cuyas circunstancias difieren de las nuestras y permitir que esa conexión nos cueste algo. Para aquellos de nosotros fuera del campo de acción, la solidaridad puede verse como atención sostenida, dadivosidad fiel y oración que se rehúsa a enfriarse cuando una crisis ya no es noticia del día. Es confiar y ampliar las voces de los líderes locales en vez de asumir que la ayuda significativa debe llegar de alguna otra parte. Los hombres y mujeres que realizan esta labor no están solos. Reciben apoyo de una red de socios, donadores e intercesores que hacen posible su presencia. Esa red es lo que transforma los actos valerosos individuales en algo más grande que los de una sola persona. Eso es solidaridad hecha realidad.