Cómo la diversidad cultural transformó mi visión del mundo y del prójimo
Por Adm1n
Imagen Referencial
La misión en medio de la diversidad cultural transforma la forma de ver el mundo, servir a otros y comprender el amor de Dios.
Por Irene Strong | Mundo
21 mayo, 2026
Desde muy joven soñé con servir a Dios en alguna parte del mundo. En mi corazón existía ese deseo de salir, conocer nuevas realidades y dedicar mi vida a la misión. Sin embargo, si soy sincera, no me sentía preparada. Solo hablaba español, mi inglés era limitado y nunca había tenido un contacto cercano con otras culturas. Muchas veces pensamos que para servir necesitamos estar completamente listos o tener todas las herramientas, pero he aprendido que Dios trabaja de una manera diferente: Él prepara el camino mientras caminamos en fe.
Durante mis años universitarios, Dios comenzó a prepararme de formas que en ese momento yo no comprendía. A través del colportaje, una iniciativa de la Iglesia Adventista que consiste en ofrecer literatura sobre salud, familia, educación de los hijos y espiritualidad, conocí a personas de distintos lugares y contextos sociales.
Esa experiencia abrió mi mente a nuevas realidades. Incluso tuve la oportunidad de viajar al extranjero y mejorar mi inglés. Lo que parecía una experiencia más en mi vida, en realidad era parte del plan de Dios para algo mucho mayor.
Tiempo después trabajé como profesora de inglés, algo que jamás imaginé hacer. No tenía experiencia ni preparación específica para enseñar idiomas, pero acepté el desafío y aprendí mucho en el proceso hasta en como preparar una clase. Mirando hacia atrás, entiendo que Dios ya estaba construyendo en mí habilidades que más adelante serían necesarias para la misión.
Cuando llegó la oportunidad de servir como voluntaria en Asia Central a través del Servicio Voluntario Adventista (SVA), sentí que Dios estaba respondiendo al sueño que había colocado en mi corazón. Tomé una decisión que cambió mi vida: renuncié a mi comodidad, me despedí de mi familia, de mis amigos y emprendí un viaje de más de 17 horas hacia un lugar completamente desconocido para mí.
Una familia musulmana del interior de Kirguistán que me recibió con cariño en su hogar. En un contexto donde no siempre es fácil ser invitada a una casa, logramos construir una amistad y comunicarnos en ruso y kirguís. Una experiencia que solo Dios pudo hacer posible. (Foto: Archivo personal)
Uno de los principios que aprendí dentro del SVA es que la misión no solo transforma a quienes reciben ayuda; transforma profundamente a quienes servimos. Muchas veces pensamos que vamos a enseñar, ayudar o compartir algo con otros, pero descubrí que Dios también nos envía para aprender.
Al llegar a Asia Central, me encontré con una cultura completamente diferente a la mía. La manera de pensar, las costumbres, la forma de relacionarse y hasta el estilo de vida eran distintos. Al inicio, las diferencias culturales podían parecer barreras. Había momentos difíciles porque servir en esa región no era sencillo; existían restricciones y muchas limitaciones para compartir la fe de manera abierta.
Pero fue precisamente allí donde mi visión del mundo comenzó a cambiar.
El amor de Cristo no tiene fronteras
La diversidad cultural me enseñó a dejar de mirar a las personas desde mis propios parámetros. Aprendí que no todos expresan amor de la misma manera, no todos piensan igual y no todos crecieron bajo las mismas circunstancias. Dios comenzó a mostrarme que Su amor es mucho más grande que nuestras diferencias culturales.
Poco a poco entendí algo que transformó mi manera de ver al prójimo: las personas no son "ellos"; son nuestros hermanos.Detrás de cada idioma diferente, de cada costumbre y de cada cultura, existen personas con sueños, luchas, necesidades y un profundo deseo de amor y esperanza.
Durante cinco años serví en aquella región y encontré algo que jamás esperaba: una familia lejos de casa. Viví experiencias que marcaron mi vida y fui testigo de muchos milagros y de la mano de Dios guiándome en cada etapa.
Amigos que la misión me dio, de Afganistán, Pakistán y Argentina. El joven de Pakistán conoció nuestra Iglesia y, con el tiempo, tomó la decisión de bautizarse. (Foto: Archivo personal)
Jesús mismo nos enseñó a romper barreras. Durante Su ministerio habló con personas de distintas culturas, atendió a extranjeros y mostró que el Reino de Dios no tiene fronteras. Hoy creo que el SVA sigue ese mismo llamado: construir puentes y reflejar el amor de Cristo en cualquier lugar del mundo.
Actualmente continúo sirviendo desde Brasil en la sede sudamericana de la Iglesia Adventista en el área del Servicio Voluntario Adventista, ayudando a otros jóvenes a cumplir el sueño que un día también fue mío. Jamás imaginé que un día Dios me llamaría a trabajar en el lugar en donde me encuentro ahora pero si algo he aprendido a través del recorrido de mi vida es que los planes de Dios son perfectos aunque no podamos entenderlos. La misión no solamente transforma lugares; transforma corazones. Transformó mi visión del mundo, transformó mi manera de amar al prójimo y también transformó mi propia vida.
Hoy puedo decir con certeza que cuando decidimos responder al llamado de Dios y servir entre diferentes culturas, no solo ayudamos a transformar el mundo; Dios también transforma nuestro propio mundo.
Irene Strong es licenciada en Comunicación y Medios por la Universidad de Montemorelos y cuenta con un MBA en Comunicación Corporativa. Su trayectoria integra comunicación, educación y misión, con experiencia en comunicación institucional, diseño estratégico y servicio misionero internacional en Asia Central. Actualmente, se desempeña como Asesora de Marketing y Comunicación del Servicio Voluntario Adventista en la Sede Sudamericana de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, en Brasilia, donde trabaja conectando personas con oportunidades de servicio a través de una comunicación con propósito.