Entre el primer y el último embarazo, pasaron 27 años y fueron tres formas completamente diferentes de aprender a ser madre… ¡y de depender de Dios!
Por Marcely Seixas | Países Hispanos
10 mayo, 2026
Tengo tres hijos únicos. Y esa afirmación no se debe solamente al hecho de que cada uno de ellos tenga su propia individualidad y características. Entre el nacimiento de Anne, mi hija mayor, y el de Heitor, el menor, hay una diferencia de 27 años. Por eso, en cada embarazo tenía la sensación de ser madre primeriza.
Al mismo tiempo que sentía como si la maternidad me visitara de manera inédita, mis hijos tuvieron diferentes versiones de mí. La madre muy joven del primer embarazo veía la vida desde la ventana de la poca edad. Si la abuela decía que era bueno darle un tecito para los cólicos, allá iba yo. Si la otra abuela decía que era bueno espesar el biberón con algún almidón, la joven madre obedecía. Después de todo, si apenas sabía qué hacer con el llanto nocturno, mucho menos tendría convicciones firmes sobre la alimentación.
Dieciocho años después, las dos rayitas del test embarazo volvieron a visitarme. Pero esta vez fue muy diferente. Un embarazo planificado, mucha lectura y preparación. Una mujer adulta y totalmente organizada para ser madre, como si fuera la primera vez.
Después del segundo embarazo, en una consulta, la ginecóloga me preguntó si me gustaría volver a quedar embarazada. Respondí que no. Ella justificó la pregunta diciendo que, en caso de que quisiera, tendría que someterme a tratamientos, porque mis niveles hormonales de aquella época impedirían un posible embarazo.
Yo estaba tranquila respecto a eso. Y ella, por su parte, estaba equivocada. Ocho años después, un bebé estaba desarrollándose dentro de mí.
Fui, por tercera vez, madre primeriza. Descubrí enseguida que era un niño; una gran novedad para quien ya había traído al mundo dos niñas y, a los 43 años, él tuvo otra madre. Una madre apurada por alcanzar muchos objetivos, ya que el reloj corría sin piedad y, al mismo tiempo, una madre que, justamente por saber que el tiempo pasaba demasiado rápido, no quería perderse ningún detalle de la vida de su tercer hijo único.
No pasé por el estrés de separar peleas entre hermanos ni de amamantar a un bebé mientras le daba cucharadas de comida en la boca a otro hijo. Pude dejar el pecho y quitar los pañales con la tranquilidad de quien solo tiene un hijo, aun teniendo tres. Los desafíos fueron otros.
La crianza de hijos en mundos diferentes
Cuando nació Anne, ni siquiera habíamos entrado en los años 2000. El teléfono celular era un ladrillo y recién estaba llegando a Brasil; la moneda todavía no era el Real (cambiaba tanto que ni siquiera recuerdo cuál era en aquel momento), y pasarían algunos años más hasta el inicio del acceso a internet por línea telefónica. Pero antes de que ella llegara a la adultez, el mundo ya había cambiado completamente y se había vuelto digital. Todo ocurrió tan rápido y de manera tan brusca que, lo confieso, no había tiempo para tener un método de crianza. Hice lo mejor que pude.
Maria Clara ya nació en el mundo conectado por Wi-Fi. Todo era digital e interconectado. Las relaciones se volvieron más fluidas y el concepto de lo correcto y lo incorrecto nunca fue tan cuestionado. Ella nació en el año de la gripe H1N1 y atravesó la preadolescencia en medio de la pandemia de Covid-19. Clases on-line y distanciamiento social. Conectados y distantes.
Solo por ser varón, Heitor ya me presentó un desafío nuevo. ¿Cómo se hace para criar a un hombre sin caer en los extremos de la formación masculina? Mi preocupación ni siquiera era tanto la avalancha de contenidos vacíos a los que tendría fácil acceso por haber nacido en 2018, en el auge de los youtubers. Quienes vivieron los años 80 y 90 saben muy bien lo que es tener acceso a entretenimiento televisivo de baja calidad y sobrevivir a ello. Lo que realmente me quita el sueño es saber si estoy logrando educar a un niño que, en el futuro, sea un buen esposo.
Muy joven, tuve a mi primera hija, Anne. (Foto: archivo personal)Maria Clara, la única planificada, llegó en un momento de mayor estabilidad. (Foto: archivo personal)Heitor nació y cambió lo que yo creía que ya sabía sobre la maternidad. (Foto: archivo personal)
Tres madres diferentes
Para criar a tres hijos en tiempos tan distintos, necesité crear tres madres y convertirme en la mejor versión posible de cada una de ellas. Y eso habría sido imposible sin Dios.
La madre joven era inexperta, pero tardaba mucho más en cansarse. La mamá adulta se sentía más preparada y tranquila, pero corría el riesgo de ser controladora. La madre después de los 40 ya tenía menos energía, pero aprendió a escoger las batallas que enfrentaría, justamente porque sabía que el tiempo pasa demasiado rápido como para desperdiciarlo en tonterías.
Dios me ayudó a ser la madre que necesitaba ser en cada etapa. Y aún más: él completó lo que yo no logré ser. Perdonó mis terquedades y me guio con paciencia. Mi Padre me ayudó a ser madre.
Y eso también puede ser una realidad en su vida. Si se está sintiendo sola, perdida, sin importar en qué etapa de la maternidad se encuentre, recuerde que hay un Dios que cuida y espera que le entregue el control.
Estas tres madres, juntas, y cada una en su momento, nunca estuvieron solas. “Y yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20) es real. Y si la promesa es “hasta el fin del mundo”, ¿por qué no sería a lo largo de 27 años entre la primera y la última vez que escuché el llanto de un bebé saliendo de mi vientre?
Marcely Seixas es madre, esposa, profesora y asesora de comunicación.
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