6 marzo, 2026
¿Alguna vez estuviste frente a una situación que parecía no tener salida? Yo sí.
Era diciembre del 2009 y había terminado el sexto semestre de la carrera de Comunicación Social. Aún faltaba un año para graduarme, así como también faltaban todos los recursos financieros para pagar las cuotas, comprar los materiales específicos para las materias y costear el internado donde vivía.
Así como en los años anteriores, me preparaba para otra jornada de trabajo puerta a puerta ofreciendo literatura sobre salud, familia, educación de los hijos y espiritualidad, una iniciativa que me permitía obtener los recursos que necesitaba. Tal vez, nunca haya recibido a alguien con esta propuesta en su casa, pero se trata de un colportor evangelista. Su objetivo principal no es la venta, sino compartir esperanza y conocimientos que ayuden a mejorar la vida de las personas. Eso era lo que yo hacía.
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Subí a un autobús que salió del interior de São Paulo con destino a Foz do Iguaçu, en el estado de Paraná, Brasil. Allí fui a una casa con otros estudiantes, muy cerca del Puente de la Amistad, que conecta Brasil con Paraguay. Y si se está preguntando si compré algo en el país vecino mientras estuve allí, la respuesta es no. Ni siquiera llegué a cruzar al otro lado. Pero esa es otra historia.
Aquella ciudad sería mi base, pero no mi territorio de trabajo. Por eso, pocos días después ya estaba en otro autobús rumbo a una pequeña ciudad que quedaba a unos 80 km. Nunca había estado allí y no conocía a ningún habitante. Como ocurrió en otras ocasiones, el camino debía ser abierto. Después de preguntar a algunas personas, y de caminar mucho, llegué hasta la casa de una familia de adventistas del séptimo día. Ellos amablemente me recibieron.
Un Dios bondadoso
La casa era pequeña y yo estaba hospedado en la habitación de uno de los hijos, pero no podría quedarme por mucho tiempo, ya que pronto ellos llegarían para las festividades de fin de año. En menos de una semana en aquella ciudad, visité al dueño de una parrilla donde también funcionaba un hotel. Después de explicarle lo que estaba haciendo allí, presentarle información relacionada con el cuidado de la salud física y espiritual, y ofrecerle los cuatro títulos que llevaba en mi mochila, sus palabras fueron directas:
—¡No voy a ayudarte!
Las risas que habíamos compartido durante la conversación cesaron. Mientras me preparaba para interrumpir aquella larga pausa y preguntarle el motivo, tal vez la falta de interés en libros; quién sabe incluso la dificultad para comprarlos, él continuó:
—No de esa manera. Voy a ayudarte de otra.
Aquel señor, que no debía tener más de 65 años, me contó que había enfrentado muchas dificultades cuando era niño. Comenzó a trabajar a una edad temprana y poco a poco, con determinación, fue construyendo su vida. Por eso, valoraba a quienes salían en busca de sus objetivos y no desistían de sus sueños. Sin saberlo, él estaba ayudándome a no desistir de los míos.
Con su rostro de abuelo y un acento marcado, añadió:
—Quédate aquí en el hotel durante los próximos 30 días que estés en la ciudad. Te daré alojamiento y las tres comidas del día. Por todo eso pagarás solo nueve reales por día.
Claro que no podía creer lo que estaba oyendo. Yo no gastaba menos de 15 reales solo para almorzar. Tener todo aquello por un valor simbólico demostraba el cuidado de Dios por mí en aquel lugar desconocido.
Acepté su oferta y ese mismo día me mudé allí. Lo único que no le gustó al dueño fue que él pensó que yo disfrutaría mucho de las carnes que se servían en la parrilla, ya que los animales eran criados por su familia, pero tuve que decirle que era vegetariano. Pero con el tiempo, y a pesar de sus intentos de convencerme de lo contrario, nos llevamos bien.
Al entrar en la habitación, agradecí a Dios por su bondad. Aquella era una gran necesidad que él había resuelto para mí. Un versículo bíblico muy oportuno vino a mi mente:
“Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mateo 6:26).
Un callejón sin salida
A la mañana siguiente, salí nuevamente puerta a puerta. Había visitado recientemente la municipalidad y recibido un “balde de agua fría”. Los funcionarios que me atendieron dijeron que la población no tendría interés en mi trabajo. Al fin y al cabo, aquella era una ciudad diferente: recibía generosos recursos financieros debido a la construcción de la represa hidroeléctrica de Itaipú. El hospital público era más avanzado que los hospitales privados de grandes ciudades.
Ese era un argumento frecuente usado por quienes me recibían en sus casas:
—“Si tenemos algún problema de salud, tenemos un buen hospital”;
—“Recibimos muchas orientaciones sobre la importancia de cuidar nuestro cuerpo”;
—“Tenemos muchas actividades físicas gratuitas que nos ayudan a mantener todo en buen funcionamiento”.
Aunque pequeña, la ciudad se estaba volviendo grande, ya que la dificultad para concretar pedidos de literatura aumentaba gradualmente y yo necesitaba caminar más. A veces, volvía al hotel tarde por la noche sin haber concretado un solo pedido. El reloj corría y mi preocupación alcanzaba niveles estratosféricos.
Algunos días eran mejores que otros, pero muchos eran peores que todos los buenos juntos. El momento de regresar para los últimos semestres se acercaba y yo no lograba avanzar mucho. Frente a eso, un pensamiento comenzó a volverse cada vez más frecuente:
—Tal vez, no logre graduarme este año. Tal vez tenga que suspender la universidad y trabajar durante los próximos meses.
Ya había visto los milagros de Dios en mi vida, pero empecé a ver solo la oscuridad del túnel y no la salida. En menos de 15 días necesitaba estar en São Paulo, y los resultados no eran nada buenos. A esa altura, ya me había olvidado del texto de Mateo 6:26. Estaba preocupado por mi desempeño y olvidándome de quién gobierna el universo y tiene el control de todas las cosas (Jeremías 10:12).
Al estudiar la Biblia al inicio de las mañanas siguientes, fui apartando la preocupación al decidir dejar que él hiciera su voluntad en mi vida. Yo debía ser solo un instrumento, y no el arquitecto. Entonces me aferré a otro texto:
“¿No te lo he mandado yo? Sé fuerte y valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo dondequiera que vayas” (Josué 1:9).
Confiar: una sabia decisión
Yo haría mi parte y dejaría que Dios hiciera la suya, de la forma que él quisiera. ¿Era fácil? Claro que no. Pero era necesario confiar en su dirección. No relaciono lo que ocurrió después con un proceso de causa y efecto, sino como una expresión de la sabiduría de Dios y de las lecciones que muchas veces necesitamos aprender en nuestra vida espiritual.
Increíblemente, las puertas comenzaron a abrirse, el “sí” se volvió frecuente y la esperanza volvió a surgir. En poco más de diez días había logrado lo que parecía imposible. Conocí personas especiales y pude compartir un poco de lo que significa vivir por fe.
Volví a las clases no con todo lo que necesitaba para ese año, pero con una lección que jamás olvidé: él abre puertas. Y ha abierto tantas otras después de eso que no podría contarlas aquí. Ah, y sí, me gradué al final de ese año. Ya ha pasado bastante tiempo desde entonces.