El rey Asuero no puede dormir. La almohada es incomoda; la temperatura no es la adecuada; los pensamientos divagan. Hay muchas cosas por resolver, decisiones por tomar, preguntas por responder. Insomnio. Para ocuparse en algo, pide el Libro de los Hechos Memorables, el cual es leído en su presencia. Cuando llegan a la sección “Curiosidades”, se relata un hecho interesante:
“En aquellos días, mientras Mardoqueo seguía sentado a la puerta del rey, Bigtán y Teres, los dos eunucos del rey, miembros de la guardia, se enojaron y tramaron el asesinato del rey Asuero. Al enterarse Mardoqueo de la conspiración, se lo contó a la reina Ester, quien a su vez se lo hizo saber al rey de parte de Mardoqueo. Cuando se investigó el informe y se descubrió que era cierto, los dos eunucos fueron ahorcados. Todo esto fue debidamente anotado en los registros reales, en presencia del rey” (Ester 2:21-23, NVI).
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Un escalofrío recorrió al rey: “¡Casi fui asesinado! ¡Y quien me salvó fue Mardoqueo! Guardia, ¿qué recompensa se le dio a mi salvador?”. “Ninguna, su majestad”, respondió el guardia. “¡Esto es una tremenda injusticia! Algo debe hacerse ahora mismo”, afirmó Asuero.
¡Qué impresionante! En un momento de atención, Mardoqueo hizo una buena acción. Aparentemente fue olvidada. Sin embargo, ninguna buena acción es olvidada para siempre. En un momento extremadamente oportuno, en una madrugada de insomnio, el rey decidió honrar la actitud patriótica de Mardoqueo. Un reconocimiento al mérito para quien había salvado a la nación.
En el instante menos esperado, la buena acción gana visibilidad, y quien la realizó adquiere notoriedad.
Buenas obras, la marca del cristiano
Mientras recorre la ciudad, aclamado por el pueblo, Mardoqueo piensa: “Yo solo conté lo que vi, y Dios me da tanto. Yo solo demostré lealtad al rey, y el Rey del Universo me honra con una dignidad impensable”. Estaba claro que Mardoqueo había actuado sin pretensiones y no esperaba recibir reconocimiento alguno. Hizo lo correcto simplemente porque era lo correcto.
¿Qué nos mueve a realizar buenas acciones? ¿Cuál es la razón de nuestras buenas actitudes? ¿Cuál es el motor de nuestras obras? ¿Buscamos notoriedad? ¿Deseamos reconocimiento? ¿O simplemente actuamos con bondad y justicia porque el Espíritu Santo nos impulsa a practicar buenas obras?
Debemos hacer el bien sin esperar recompensa; las buenas acciones son el fruto de una vida vivida en gratitud a Dios. Sin embargo, nuestras buenas acciones siempre serán recompensadas, ya sea en esta Tierra o en la eternidad. Hacer el bien es señal de que hemos sido transformados por la gracia redentora de Dios. Hacer el bien es señal de que tenemos intimidad con el Señor, quien es bueno y cuya misericordia dura para siempre.
Quien vive para hacer el bien ha entendido que las buenas obras son la marca de los verdaderos hijos de Dios.