Vivimos en un tiempo de profunda intranquilidad espiritual, en la que al anhelo por un reavivamiento genuino y transformador se haga sentir más que nunca. No buscamos solo una renovación colectiva, sino también una experiencia personal y profunda con Dios.
Este deseo ardiente en nuestros corazones es una invitación abierta para que el Espíritu Santo, el Consolador prometido, actúe de forma poderosa en cada vida. La promesa es clara: buscar la mayor bendición que el Cielo puede ofrecer, el Espíritu Santo, resulta en un suplemento diario de poder.
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Jesús es el Salvador y Señor
El camino cristiano se inicia con un paso fundamental y libertador: reconocer a Jesús como nuestro Salvador. Cuando nos confrontamos con nuestra condición de pecadores y aceptamos a Cristo como el único capaz de perdonarnos y redimirnos, experimentamos la justificación por la fe. Pablo, en Hechos 16:31, proclama esta verdad universal: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”.
Es una invitación gratuita, sin exigencias de obras o méritos, fundamentado puramente en la fe. Sin embargo, es crucial comprender que esa es solo la puerta de entrada. Por desgracia, muchos cristianos paran en esta etapa inicial, contentándose solo con la salvación, sin proseguir en la profundidad de la experiencia que Dios desea para ellos.
El segundo paso, e igualmente vital, es permitir que Jesús se establezca como el Señor de nuestras vidas, un proceso que llamamos “santificación”. Juan 13:13 nos recuerda la declaración del propio Cristo: “Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy”. La Palabra de Dios, en Filipenses 2:9-11, dice que “se doble toda rodilla” y “toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor”.
Además, Romanos 14:9 revela la verdadera finalidad de la muerte y resurrección de Cristo: “ser Señor así de los muertos como de los que viven”. Jesús no solo nos salva, sino que también desea reinar de forma soberana sobre cada dimensión de nuestra existencia: nuestras elecciones alimenticias, nuestros entretenimientos, nuestra ropa, nuestras palabras, la forma como interactuamos con otros, lo que consumimos on-line y lo que escuchamos.
Solo el Espíritu Santo hace que Jesús sea el Señor de nuestra vida
Pero, seamos honestos, ¿es realmente fácil cederle a Jesús el señorío de absolutamente todo en nuestra vida? En la práctica, es una misión imposible de cumplir por nuestra propia fuerza y determinación. La Biblia es categórica en 1 Corintios 12:3 “[…] nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo”. Esta es una verdad profundamente libertadora. Nos revela que no se nos llama a alcanzar la santidad por nuestro propio esfuerzo, sino a permitir que Dios la realice en nosotros.
La tragedia se instala cuando, repetidamente, intentamos ser los señores de nuestra propia existencia, solo para fallar y, a veces, caer en la desesperación, llegando al punto de considerar abandonar la fe. Es el Espíritu Santo quien nos capacita para vivir el señorío de Cristo, operando una transformación que se inicia en el interior y se manifiesta externamente.
Solo el Espíritu Santo derrama el amor de Dios en nosotros
Nuestro corazón anhela un amor más profundo, un amor genuino que pueda trascender la herida, el rencor y el deseo de retribución. ¿Quién nunca se vio luchando contra sentimientos de rabia u odio después de ser lastimado o injustamente criticado? Romanos 5:5 nos ofrece la solución divina para este dilema: “y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”.
El Espíritu Santo simplemente no gotea el amor de Dios, sino que lo derrama abundantemente. Este amor no es algo que podamos fabricar por nosotros mismos, sino que él nos capacita a perdonar “setenta veces siete” y a amar incluso a quienes nos causan dolor, conforme a las enseñanzas de Jesús. Es ese amor divino que tiene el poder de resolver conflictos en el matrimonio, en la familia, en la iglesia y en el ambiente de trabajo, pues él nos conduce a un lugar de gracia, donde reconocemos que Dios nos ofrece una nueva oportunidad, incluso cuando nuestros méritos son inexistentes.
En medio de la búsqueda por un reavivamiento, surge un peligro sutil: el espíritu de crítica. A medida que el Espíritu Santo nos guía hacia una vida más alineada con los propósitos de Cristo, es natural que comencemos a notar las fallas e imperfecciones en los demás y en la propia iglesia. Sin embargo, Satanás hábilmente se aprovecha de esa brecha para convertirnos en personas amargas y críticas.
Sin embargo, un verdadero reavivamiento nos convoca a una respuesta radicalmente diferente. Habacuc 3:2, en su súplica, clamó: “[…] Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos […]”. En lugar de emplear nuestra lengua para criticar, se nos llama a interceder. Si identificamos algo que no está en conformidad con la voluntad de Dios en la iglesia o en la vida de un hermano, nuestra respuesta primordial debe ser clamar a Dios, suplicando que él avive su obra, despierte a sus hijos y lidere a su iglesia con sabiduría y poder. El Espíritu Santo nos infunde un sentido de urgencia por la intercesión, sustituyendo cualquier inclinación a juzgar.
Solo el Espíritu Santo nos lleva a la santidad
Hebreos 12:14 nos da un solemne recordatorio: “Seguid […] la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”. El anhelo por una vida santa es universal entre los cristianos, pero la batalla contra nuestra naturaleza pecaminosa parece una lucha interminable. El libro
El Deseado de todas las gentes, página 625, es enfático al declarar: “El pecado podía ser resistido y vencido únicamente por la poderosa intervención de la tercera persona de la Divinidad”.
La victoria no es el resultado de nuestro esfuerzo humano, sino de la actuación soberana del Espíritu Santo. 2 Corintios 3:18 afirma: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”.
Es el Espíritu Santo quien nos transforma diariamente, haciéndonos cada vez más semejantes a Cristo y concediéndonos la victoria sobre los pecados que nos dominan. 1 Pedro 1:2 complementa esta verdad, aseverando que somos “elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu […]”.
La ausencia de la actuación plena del Espíritu Santo en nuestras vidas y en la vida de la iglesia acarrea consecuencias desoladoras, resultando en aridez, tinieblas, decadencia y muerte espiritual. cuando nos distraemos con asuntos de menor importancia, entonces el poder divino, que es esencial para la prosperidad de la iglesia y de cada creyente individualmente, es lamentablemente descuidado.
La prueba más contundente del poder transformador del Espíritu Santo es visible en las vidas que fueron radicalmente transformadas. Dios no nos llamó a un camino solitario e imposible. Por el contrario, él nos concedió el Espíritu Santo para guiarnos, capacitarnos y transformarnos. Que nuestra oración diaria sea un clamor sincero: “Santo Dios, retira de mí lo que quieras, pero, por favor, no retengas tu Santo Espíritu”.
Busquemos su presencia de forma constante y diaria, permitiendo que él llene nuestros corazones, derrame su amor y nos conduzca a la santidad. Al hacer esto, seremos capaces de decir, al final de cada día: “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. Entonces, que podamos reservar momentos especiales de ayuno y vigilia para encuentros aún más profundos e íntimos con él. Que el Espíritu Santo limpie todo el mal de nuestro corazón y que allí reine el amor de Dios en abundancia.